Résumé
¿Qué1 hay de la cuestión de lo político y de la política, aquí y ahora, después de las pesadillas de la primera mitad del siglo XX – elevadas a una escala sin precedente en la Historia –, y desde la aparente restauración de 1945 (¿pero restauración de qué?), que es de hecho, vista con cierta perspectiva, una victoria americana, obtenida, a grandes rasgos, en dos tiempos mayores, a saber el final de la gran guerra mundial y “la caída del muro” (1989)? ¿Hay que achacar al agotamiento de las energías la astenia socio-política que parece imperar hoy día y que da la impresión, en los últimos tiempos, de alentar derivas autoritarias (hablamos aquí del “mundo occidental”) – dando por hecho que cuando la autoridad no es ya más que un simulacro las decisiones que la reivindican se tornan autoritarias y arbitrarias? O bien: ¿habría que achacar a una política sin política, concebida día a día en la inmanencia de lo empírico y según las circunstancias, a una política, pues, sin perspectiva histórica, a no ser la de las urgencias del momento y la noción abstracta de “progreso” – ¿pero “progreso” hacia dónde? –, habría que achacarle pues la anemia socio-política actual que parece conducir hacia la desocialización, hacia una suerte de páramo superpoblado, hacia la destrucción del vínculo social, hacia lo que la ideología casi siempre desengañada de nuestros tiempos designa como “individualismo”? ¿No podría decirse que no por ello se detiene la Historia, que tiene sus lentitudes que cualquier historiador conoce, que camina simplemente a su ritmo? ¿Pero no nos encontramos entonces cara a cara con esa perspectiva infernal de un “final de la Historia” muy cercano, que no hacemos más que presentir en el desfondamiento al parecer inexorable de lo político, ya que los increíbles desarrollos tecnológicos, de los que cualquiera puede percatarse aun siendo víctima de ellos, como de tal o cual cataclismo meteorológico o telúrico, parecen en efecto hacer de la humanidad la única especie biológica capaz – por su objetivación en artefactos cada vez más sofisticados, aptos no tanto para salvarla como para remplazarla – de destruir su propio ecosistema y, con ello, perecer? ¿Quién será lo bastante temerario o estúpido para decir, hoy, lo que pueda ser el planeta Tierra dentro de un siglo?

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