Resumen
El presente trabajo tiene como fin reflexionar
críticamente acerca de un tópico que nos
atraviesa a todos aquellos que, estudiando la
carrera de Filosofía, de algún modo hemos
elegido como forma de vida el “filosofar”,
acción que, a mi juicio, debe considerarse
esencial en la propia enseñanza de la Filosofía
como disciplina. Uno de los desafíos más
interesantes con los que se suele topar todo
profesor de filosofía consiste en intentar
responder de una manera apropiada al “test de
utilidad” que nos exigen aquellos familiares
y/o amigos que, presumiblemente con las
mejores intenciones, aseveran (o nos
interrogan, pero casi retóricamente) que la
filosofía es “inútil” o “no sirve para nada”. En
estos casos, ante todo, deberíamos detenernos
un momento y preguntar ¿En qué sentido
estarán tomando la utilidad aquellos que así
nos interpelan? Probablemente en el sentido
que la “sociedad de mercado” nos impone. En
el presente escrito se brindarán razones para
considerar la posibilidad de que la verdadera
“utilidad” o, mejor aún, el verdadero “sentido”
de la filosofía radique en su potencia crítica y
desnaturalizante de la actitud natural del
ciudadano corriente. Partiendo del supuesto de
que es inherente a la condición humana el
planteamiento de problemas filosóficos,
propondremos pensar que la función del
docente filósofo consistiría en despertar en los
alumnos esa actitud crítica y desnaturalizante
que, quizás, lejos de estar ausente,
simplemente está dormida en ellos como una
potencia que requiere actualización.

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