Resumo
Imaginemos el siguiente argumento: un impostor que pretende pasar por músico
hace un pacto con algún duende, diablo o ser por el estilo: escribe una canción, ópera,
sinfonía... cuya extensión irá menguando cada vez que se interprete hasta llegar al
absurdo de limitarse a un solo compás, con éxito tan rotundo como siempre... y al drama de no poder tocar finalmente nada, de la desaparición, el silencio y la vuelta al
anonimato. Imaginemos ahora un escritor que escucha esta historia y decide contarla
como propia y con ella alcanza premios y fama. Imaginemos entonces que llega el Día
de la Gran Conmemoración de las Letras y nuestro autor debe dictar el discurso de
honor: lee su parábola sobre el éxito fácil y exhorta a todos al esfuerzo y a recuperar los más nobles valores de los clásicos... y vuelve a mirar el cuento y cree que faltan algunas palabras, no está seguro y vuelve a contar y ve que hay menos. Oye las voces del público, pero no entiende qué dicen. Un mareo blanco, completamente blanco y unas náuseas crecientes al ver sus papeles en blanco, todo en blanco. Imaginemos que en ese momento el orador empieza a vomitar palabras, una catarata casi interminable de palabras, un surtidor que se va retorciendo a medida que vuelca sobre la tribuna
palabras y más palabras.

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