Resumo
Todos los libros de texto clasifican la ética de Kant entre las éticas formales y autónomas. Y no les falta razón, ya que el mismo Kant utiliza esos mismos calificativos con mucha frecuencia. Por citar sólo dos textos: “…la mera formapráctica, que consiste en la aptitud de las máximas para la legislación universal, determina primero lo que es bueno en sí y absolutamente, y fundamenta la máxima de una voluntad pura que sola es buena en todos los sentidos”[1]. Y más arriba: “La autonomía de la voluntad es el único principio de todas las leyes morales y de los deberes conformes a ellas; toda heteronomía del albedrío, en cambio, no sólo no funda obligación alguna, sino que más bien es contraria al principio de la misma y de la moralidad de la voluntad”[2]. Y podrían citarse muchos otros pasajes de su obra en los cuales el formalismo y la autonomía son consideradas como exigencias ineludibles para que exista una moralidad auténtica.
Referências
Javier Muguerza, "La obediencia al derecho y el imperativo de la disidencia. (Una intrusión en un debate)" en Sistema, Nº 70 (1986), págs. 27-40
E. Levinas, Totalidad e infinito, Salamanca, Sígueme, 1977,
E. Levinas, Humanismo del otro hombre, México, Siglo XXI, 1974
Gabriel Bello, “La construcción de la alteridad en Kant y Levinas”, en la obra colectiva Kant después de Kant, editada por J. Muguerza y R. Rodríguez Aramayo, Madrid,Tecnos, 1989, págs. 576-604.

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