Résumé
Una carta como ésta, que habla del mundo como “una fábrica fantástica” y que
invita a operar en él sin pensárselo demasiado, quizá hubiese salvado a muchos Bartleby
de los que en muchas facetas de la vida se dan, no sólo en la literatura.
Hay una apelación frecuente a lo no hecho como ejercicio de la virtud. La
lenitiva idea de que “el mejor verso es aquél que no ha sido nunca escrito”. O sea, lo
que queda como pura potencia, lo que por tanto carece de límites, claro. Desde luego,
una frase como ésta sólo la puede pronunciar un poeta muy prolífico que haya escrito
grandes versos. Y debe ser además un poeta romántico o un idiota sin remedio. Quiero
decir, un poeta romántico del romanticismo, pues el pathos romántico fuera del
romanticismo acaba siendo idiotez patética. A la bella idea de nuestro imaginario
romántico alemán, que ensalza la figura de un pintor-poeta-héroe que se sacrifica por la
perfección, se nos presenta hoy, humilde y prosaica, una antigua verdad: “lo mejor es
siempre enemigo de lo bueno”.

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