Résumé
Mes y medio después de muerto, Michelangelo Antonioni aun rondaba por las alfombras de la Pasarela Cibeles resucitado por los gemelos Ailanto y su particular homenaje a la estética femenina de Blow Up. Minúsculos vestidos se adherían a los cuerpos de mujeres con mirada perdida y lánguidas piernas, al igual que aquellas damas de los setenta que tan bien encajaron en el personal y solitario universo del cineasta italiano.¿Sincera dedicatoria o simple reposición oportunista? Algo así debiéramos preguntarnos ahora que lloverán por docenas los artículos, reseñas y dedicatorias póstumas sobre la obra de Michelangelo Antonioni. Antonioni ha muerto, y es esa misma noticia la que, paradójicamente, recordó a muchos que todavía seguía entre los vivos. La muerte se lo ha llevado rescatándolo en ese mismo gesto de las garras del olvido, de ese tiempo estancado y casi eterno donde permanecen aquellos a quienes hace mucho perdimos el rastro. Se impone pues, recordar lo que fue su vida y cómo fueron sus películas, situarlo con cuidado, y hasta con cierto mimo, en algún lugar preciso de la historia del cine, esa historia de la que ya forman parte nuestras vidas de ficción.

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