Resumen
No acierto a recordar cuándo fue la primera vez que supe de la anécdota de Gaos y Zubiri a propósito de una rosa. Es posible que fuese en Luarca, en Asturias, leyendo la particular autobiografía de José Gaos que encontré un verano, casi por casualidad, en la biblioteca municipal. Es posible que fuese en Granada, cuando leí la biografía de Xavier Zubiri para el curso de doctorado que Óscar Barroso dedicaba al pensador donostiarra. No estoy seguro del todo. Sea como fuere, biografía o autobiografía, José Gaos o Xavier Zubiri, aquella noticia me interesó mucho. No puedo negar que por aquel entonces yo me identificaba con Gaos, no solo por el origen compartido, sino y sobre todo por la mezcla entre incomprensión y atracción que me producía la voz «fenomenología». Hay una cosa que sí recuerdo con precisión: fue el momento en que escuché decir que Agustín Serrano de Haro estaba reconstruyendo los pormenores de la anécdota de la rosa para preparar un libro. Esto ocurrió en México, en una sesión del Seminario de estudios básicos de fenomenología trascendental que Antonio Zirión dirigía desde la distancia. De lo que se trataba, en el caso de Gaos y en el mío, era de comprender aquella filosofía vinculada a un nombre propio: Edmund Husserl. Se trataba de despejar la perenne inquietud que tiene el filósofo en ciernes con respecto a la fenomenología y el fenomenólogo principiante con el mundo de la vida. Todo gira en torno a un episodio que tuvo lugar en 1921, en Madrid. Estaba anunciada una conferencia de Ortega y Gasset en la Residencia de Estudiantes, en la calle del Pinar. Un grupo de estudiantes decide ir caminando desde la calle San Bernardo. Un joven Xavier Zubiri, vestido con sotana, está entre ellos

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